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Entradas

Flor marchita

Ha pasado tanto tiempo, tanto tiempo, que a estas alturas no recuerdo el color de sus ojos, ni la forma de sus labios; tampoco las manos, ¡nada de nada! Lo único que conservo es ese arrasador sentimiento de felicidad cuando su recuerdo viene a mi mente, un dolor en el pecho, el calor en mi rostro. Sin embargo, y si acaso alcanzo a recordar, siento miedo. ¿Me reconocerá? Yo, desde la distancia, sí le reconocería, eso creo.
Y, si sus ojos se llegasen a encontrar con los míos, ¿quedaríamos atados por toda la eternidad? O, quizá, no ocurra nada. Cuando le vea sentiré la necesidad de ir a su lado, recitarle un poema, y hasta no dejarle ir nunca más. Sostener su mano entre las mías para luego llevarlas a mi rostro y que me acaloren hasta el punto del no retorno. Le diré lo mucho que le he echado de menos y le preguntaré si ha pensado en mí tanto como yo lo he hecho respecto a su persona. Y, si se da algo, le recordaré que somos la progenie del demonio, que somos incestos, ¡que no tuvimos que…
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Reto 5 líneas (agosto)

Te lo juro, Catalina, era hipnótica. Su canto, oh, su canto, era como el de una sirena: enloquecedor. Todos los hombres la observaban, puesto que tenía un rostro precioso, ¡era tan bonita! Y pensar que todo acabó con el chillido de un jovencito que fue ahorcado sin escrúpulos de un segundo a otro. No había nadie a su lado. Y la hermosa mujer, desde el escenario, tenía la mirada fija en él. ¡Que Satán nos proteja de ese angelito!

¿Qué haremos, amor mío?

¿Qué haremos, amor mío, cuando alguno de los dos falte? ¿Qué haremos, qué haremos? Cuando la distancia sea sobrenatural y el impedimento no sea de carne y hueso. Cuando uno vea la luna desde la plaza y el otro desde las estrellas. ¿Qué haremos, qué haremos? ¿Qué haremos cuando, por mi culpa, ya no nos queden excusas para amarnos como aquellos viernes de antaño? Cuando la sortija en tu dedo se oxide con los años y los poemas que te dije y se llevó el viento. Cuando nuestros besos ya no estén bajo la lluvia, sino en ella. ¿Qué haremos, qué haremos? ¿Qué haremos con este amor, que se acrecienta y que ya no podemos controlar? Cuando nos descubran bajo la mesa abrazados por el frío y los labios desgastados. Cuando amarnos ya no sea suficiente para ir codo a codo por la vereda, y nuestros ojos ya no se busquen entre la multitud. ¿Qué haremos, amor mío, cuando nuestro amor sobrepase los confines que separan a la razón de los sentimientos y no podamos soportarlo? ¿Cuando nuestro amor deje de ser una arr…

Reto 5 líneas (julio)

¡Loado sea Satán! Juro que he visto esos ojos grises. ¡Es cierto! Le pertenecen a una bella dama que deambula por las noches en el cementerio de la calle 16. Siempre lleva una camisa blanca y rota por los costados, una falda exageradamente larga (blanca también) y en el pie izquierdo un alambre de púas. ¡Es ella, es Lucía! Oh, no te preocupes, ella solo muerde a los niños más pequeños, nunca a los grandes. Puedes jugar en las tumbas con total tranquilidad.

La pequeña pero no menos importante historia de un fantasma

Como cualquier otra persona caminaba yo por la vereda cuando, de pronto, el cabello se me llenó de cenizas y ese olor a humo me retorció el estómago. ¡Pero nada veía yo que ardiera! Nada de nada, solo personas tranquilas. Hasta que esas personas tranquilas dejaron de ser personas tranquilas y con sus dedos apuntaban en una misma dirección, como si se les fuese la vida en ello. Otros tantos tenían sus teléfonos celulares en mano. A mí me bastó con girar la cabeza y observar aquella atrocidad: ¡Nuestra Señora era devorada por las llamas! ¡Qué dolor inundó mi pecho, qué tristeza la que me consumía, qué desgracia la que ocurría frente a mis milenarios ojitos! Y yo que llevaba tantísimos años por la vereda, anonadado por su hermosura. Ahora, solo vería cenizas, ¡sí, cenizas! Lo más triste de mi historia es que, todos observaban y no hacían nada por intentar apaciguar el fuego. Sin embargo, yo no estaba dispuesto a dejar que tal preciosura se destruyera tan fácilmente, ¿que qué hice? Pues…

La canción de Daaé

Sobre un escenario iluminado por velas colocadas en el borde muchas personas bailaban y cantaban, con una pasión que solo el arte es capaz de expresar. Vestidos y zapatos se dejaban ver aquella brillante noche en París donde dos amantes buscaban el instante perfecto para escapar de la vorágine que los envolvía en aquel edificio lleno de momentos inoportunos. Daaé hacía su papel de Margarita a la vez que buscaba entre todos los palcos el más enigmático: el palco número 5. Como de costumbre, su tutor yacía allí, ella lo sabía a la perfección, a pesar de no poder observarlo. Mientras que, entre las demás personas, el vizconde de Chagny no hallaba la manera de dejar de admirar las espectaculares líneas que Daaé formaba sobre el escenario. ¡La amaba tanto! Sentía que sus corazones estaban unidos desde el día que la había visto partir. ¡Qué sentimiento tan inmenso!
 Él, loco de amor, no dejaba de materializar en su mente la canción de Daaé. Repentinamente escuchó a su lado un llanto ahoga…